martes, 16 de diciembre de 2008

UN FANTASMA EN MI COCINA

Anoche me acosté a las cuatro. Me tenía que levantar a las siete. Apenas iba a permanecer tres horas en la cama para intentar dormir, pero hacía demasiado frío para sólo intentarlo. Así que me levanté y fui a la cocina con la intención de tomar algo caliente o simplemente fumar un cigarro mientras hacía girar mi nueva bola de cristal de copos de nieve y quedarme abstraída mirando su caída lenta para volver a agitarla al minuto, y luego al minuto agitarla otra vez. Cómo me gustan esas bolas, las que siempre abren las cajas de los recuerdos de mi infancia, la perfección de un tiempo que estremece, o será el frío. Mientras caminaba hacia la cocina por el pasillo me abrazaba envuelta en una manta de franela, es el frío otra vez el que hace que nos reencontremos con nuestros cuerpos, con nosotros, con nuestros recuerdos- me dije. Aún iba a seguir pensando más allá cuando… Ahí estaba, ya había venido. Era mi fantasma, sí, mi fantasma, casi un pirata, con máscara, capa... Me estaba esperando sentado frente a la ventana, mirando a través de la terraza la ropa que había tendido a un tímido sol en alguna hora de la mañana. No me asusté, en realidad le esperaba desde hacía tiempo y me sentí aliviada. Arrastró la silla hacia mí en un gesto de ofrecimiento y yo, tras unos segundos de dudas, me senté. Él se colocó detrás y sin decir una palabra me ofreció el vaso que tenía entre las manos, pudo ser vodka, coñac o qué se yo. Bebí dos o tres veces, tal vez hasta cuatro, pero no distinguí el sabor. El vaso, mis labios y él. Me acariciaba el pelo, abrió la manta para llegar a mis hombros y su calor y sus manos me hicieron sentir bien, cerré los ojos, me beso en el cuello y le di las gracias casi susurrando, casi por todo. Después de un tiempo me giré, le miré a los ojos. Él lo hacía con la reiteración de la indecencia y no me atreví a preguntar, por pudor o por no romper el silencio o por una de dos. Me preguntaba qué era lo que le gustaba de mí que tras tantos años seguía visitándome. No tenía mucha elección. Quizás mi mechón de pelo rebelde que trato de esconder tras la oreja sin cesar y que vuelve a caer sobre mi rostro como lo hacen los copos de nieve, o ese mismo mechón que anudo una y otra vez a mi dedo índice cuando estoy nerviosa o tal vez serían mis ojos de indiferencia obstinada ¿qué le contarían? ¿Acaso eran de verdadera indiferencia?
Me susurraba que yo era bella y también otras palabras que en el pasado hubiera tomado como un insulto pero que ahora, me daban tanto placer.
Volví a cerrar los ojos y le dije -o tal vez sólo pensé- que sólo por esa noche todo estaba bien, pero que jamás volvería a estar tan cerca de tocarme. Y mientras se lo decía pasaba un tiempo en el que yo contaba mis sueños y esperaba la mañana (para quizás mañana…).


3 comentarios:

Pitágoras dijo...

No se si será el fantasma, pero te reinventas y el resultado siempre es bueno.
Un beso
Pi

almostcompletelyhappy dijo...

Los fantasmas siempre están ahí, nunca se van pero tampoco se hacen corporeos más que muy rara vez, quizá esa es la magia de la opera, del "Drama de la vida" que se reinterpreta una y otra vez para gozar y divertirnos, y disfrutar, ...y amar.

Un buen fantasma siempre será fantasma hasta el ridículo pero siempre estará ahí, como un espíritu errante, soñando conque a cada uno/a se le aparezca de pronto lo que merece, lo que siempre ha merecido, un poco de ser-humano que le/la ame y se deje amar.

xx.

Anónimo dijo...

Precioso.