miércoles, 14 de octubre de 2009

LITEROFAGIA

Comencé octubre con este fantástico cuento de Quim Monzó. Y ¿cómo no iba a mostrarlo?
Bon appétit.


SOBRE LA VOLUBILIDAD DEL ESPÍRITU HUMANO

Claro que de pequeño había comido letras en la sopa, pero comerse una A recortada en papel blanco le produjo una sensación desconcertante. Había recortado la A con cuidado, poco a poco, con unas tijeras enormes, mientras observaba, aburrido, la tarde que caía más allá de los ventanales de la terraza. Era una de esas tardes tristes en que no sabéis qué hacer y os encontráis aferrándoos a la pequeña rutina de regar las plantas, quitar el polvo a los libros de la estantería más alta, cortaros las uñas, hasta que en la mano no os quedan más que las tijeras, complacidas en recortar formas sin sentido, y una de las formas adopta, porque sí, la forma de una A, y ahora se la comía codiciosamente, como si probase un plato sublime. Cuando hubo acabado la A, recortó una B; luego una C, y una D, y se las tragaba cada vez con más gusto. Cuando la noche fue ya una rebanada negra empezó a formar palabras cortas -TE, SE, PAN, DOS, CASA, ]UAN- que se comía con deleite. Dos días más tarde descubrió que ya no le hacía falta comer otras cosas, que con las letras le bastaba para alimentarse. No le hacía falta ni fruta ni leche ni carne ni legumbres ni pescado. Los alimentos convencionales le dejaban cada vez más indiferente y, dos semanas más tarde, empezó a notar que más bien le repugnaban. También empezó a saber distinguir unas letras de las otras, no tanto las sustancias de que estaban hechas (eso no tenía importancia: bien pronto se dio cuenta de que este detalle no influía en absoluto en el grado de nutrición ni en el sabor) como los diferentes tipos, cuerpos y variantes. Así, descubrió que las sans serif eran más digestivas que las avec serif; que, de éstas, la égyptienne era la más pesada, tanto que, comida antes de dormir, producía insomnio o pesadillas estremecedoras. La experiencia le hizo darse cuenta de que la letra inglesa era buena para combatir el estreñimiento, la helvética demigras inmejorable contra la hepatitis y la futura medium contra la taquicardia. Para hacerla más digerible, si alguna vez consumía futura bold (siempre aliñada con unas cuantas american typewriting) era de cuerpos inferiores al 24. Obviamente, empezó a desarrollar ciertas preferencias: la baskerville, la gill, la stymie. En cambio, odiaba la blippo y la avantgarde. La times le era indiferente; como una merluza hervida, la definió un día, pero enseguida pensó que (cuando todavía se alimentaba convencionalmente) a veces había agradecido una buena merluza hervida o hecha, sencillamente, al vapor. Así pues, se hizo imprimir textos en times, sobre papeles diferentes: martelés azules y verdes, couchés rosados, biblias amarillentos. Por el mismo sistema, la venus fina, que hasta entonces le había parecido aburridísima, se convirtió (impresa en cuerpo 38 y tinta verde oscura sobre un satinado turquesa) en uno de sus platos predilectos. Más tarde llegó la cuestión de los vinos: ¿qué había que beber con cada tipo de letra? Esto le llevó a una larga temporada de pruebas: a veces fallidas, a menudo logradas. Le pareció que, con las helvéticas, cuadraban perfectamente los borgoñas, los barolos, los chiantis, los cabernets, los de la Rioja y los prioratos. Con las futuras (tanto las gruesas como las delgadas) ligaban excelentemente los alsacianos o bien un buen moriles. Y, en general, con todas las sans serif, los ribeiros, los penedes, los valdepeñas, los sylvaners, los rieslings, los sancerres, los chablis. Con las avec serif resultaban excelentes los del Bages, los grandes burdeos (como el Cháteau-Latour, el Cháteau-Margaux o el Saint-Émilion), algunos borgoñas o los de Tuciela y El ciego. Al cabo de dos meses, devoraba periódicos, revistas, prospectos farmacéuticos, libros, cajas ligeras de cartón y pequeños rótulos luminosos que poco a poco fueron aumentando de volumen; y una cena no era una cena como ... debido si no incluía algún volumen de la Enciclopedia y alguna letra de tubo de neón. Compró grandes cantidades de letraset. De noche, entraba en las imprentas y devoraba los los caracteres que podía. Suplantaba a los linotipistas y tragaba las barras de plomo tal como iban saliendo de la máquina. Descubrió las excelencias gastronómicas del alfabeto griego (que fueron compensando la primera impresión y la pesadez que le produjeron), el placer del cirílico, el sabor exótico de los signos chinos, las diferencias entre el tailandés y el camboyano, la grasa del árabe. Devoraba abecedarios como quien respira. Lo único que le faltaba en este mundo era tiempo, porque había conseguido la felicidad por el camino de la literofagia; el día, la noche, la vida entera, tenían un objetivo único: probar nuevos caracteres. Si viajaba, lo hacía para conocer variantes de los tipos usuales de letras. Visitaba fundiciones tipográficas como otros visitan cavas de champán o fábricas de cerveza, y era la persona más feliz sobre la superficie del planeta si entre los dedos (y en las mandíbulas) le caía alguna letra nueva, fresca, recién diseñada. Visitaba a los grafistas, y los ayudaba a introducir variantes en diseños ya conocidos. Los había que le tomaban por loco, pero a la larga se daban cuenta de que sus consejos eran útiles, acertados, que perfeccionaban aquella forma un poco destartalada que nadie había sabido resolver. En consecuencia le dejaban hablar, e incluso, cuando no acertaban con la solución, le reclamaban antes de introducir un nuevo tipo el mercado: para que diese su beneplácito. Era él quien, con una sonrisa en los labios, daba los últimos consejos harían que aquel nuevo tipo fuese deseable, tanto desde el punto de vista tipográfico como desde el gastronómico.

¡Sin embargo, la volubilidad! Tres años después, las letras empezaron a hartarlo de forma irreversible. Unos meses más tarde ya le asqueaban. Afortunadamente, por aquella misma época empezó a desarrollar un progresivo interés por los barcos en miniatura.





martes, 11 de agosto de 2009

EL BESO

En la pared de una habitación de hotel de Burnie, Tasmania, un póster: las calles de París, 1950; un hombre y una mujer jóvenes en el acto de besarse, el momento captado en blanco y negro por el fotógrafo Robert Doisneau. El beso parece ser espontáneo. Una oleada de sentimiento se ha apoderado de los jóvenes en pleno movimiento: el brazo derecho de la mujer no devuelve (todavía no) el abrazo del hombre, sino que pende libre, con una curvatura en el codo que es exactamente el reverso del abultamiento de su seno.

"El beso" Robert Doisneau

Su beso no es sólo de pasión; con ese beso se anuncia el mismo amor. Uno puede reconstruir más o menos la historia de la pareja. Son estudiantes. Han pasado la noche juntos, su primera noche, se han despertado abrazados. Ahora tienen que ir a clase. En la acera, en medio de la muchedumbre matinal, de repente el corazón del chico se siente inundado de ternura. También el de ella, ella está dispuesta a entregarse a él un millar de veces. Así se besan.
En cuanto a los transeúntes y la cámara que está al acecho, no podrían importarles menos. De ahí, “París, ciudad del amor”. Pero podría suceder en cualquier parte, esa noche de amor, ese arrebato de sentimiento, ese beso. Incluso podría haber sucedido en este mismo hotel, sin que nadie se percatara ni lo recordara, salvo los amantes.
¿Quién se decidió por ese póster y lo colgó? Aunque soy un simple hotelero, también creo en el amor, puedo reconocer a dios cuando lo veo… ¿es eso lo que dice su presencia?
Amor: eso que el corazón ansía dolorosamente.

"Diario de un mal año" J. M. Coetzee

jueves, 4 de junio de 2009

MI VIOLÍN DE INGRES


«Fotografío las cosas que no quiero pintar, cosas que de por sí existen.»


Man Ray


Descubro casualmente que al decir “El violín de Ingres” además de referirnos a la preciosa fotografía de Man Ray (1924) conocida por “casi” todos en la que aparece una mujer desnuda llevando un turbante, pendientes, la cabeza girada hacia la izquierda y envuelta en una sutil tela drapeada alrededor de sus caderas:



es una expresión francesa acuñada (no estoy segura si en la época de Ingres por su afición al violín o tras la obra de Man Ray como referencia dadaista al uso de las mujeres como instrumentos u objetos de placer) que significa algo que nos apasiona. Digo casualmente porque a lo largo de estos días y sólo en los momentos en los que puedo, le voy robando al tiempo una novela gráfica titulada “Kiki de Montparnasse”, la mismísima modelo que posa en esta fotografía. Aún no la he acabado por lo que no he querido indagar en la biografía de Alice Prin, nombre real de esta musa de la bohemia, hasta que acabe la novela. Tal vez sea mejor que ciertos finales nos sorprendan, como en el cine o como en la vida misma.

Siempre me gustaron los retratos de espaldas desnudas, supongo que ahora más que un simple gusto es una pasión, y en concreto éste, el de El violín de Ingres que evoca una especie de ejecución musical como alegoría del juego amoroso, aunque desde la perspectiva de Man Ray el instrumento está claramente a disposición del solista. Cogí la novela del estante de la librería tal vez movida por mi propio violín de Ingres al que aún le faltan un par de pinceladas.

Aprovecho para recomendar la novela a quien le guste el formato y la temática de una época en la que, como bien escribió Hemingway, “París era una fiesta”.




jueves, 23 de abril de 2009

POR ENDE

Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y habría que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido... Quien no conozca todo eso por propia experiencia, no podrá comprender probablemente lo que Bastian hizo entonces.



Michael Ende "La historia interminable"

(Ni por ser hoy el día del libro, ni por desear traspasar todos los oráculos del mundo, ni por rememorar a Atreyu, mi héroe de entonces, sino por ser el inicio de un deseo imperioso por la lectura, por aprender, por imaginar, siempre lo diré: llevo este libro más allá del corazón).

sábado, 18 de abril de 2009

...


“We’re raising a generation of dancers”.

Hunter S. Thompson



A veces me pongo nerviosa cuando veo una puerta abierta...





viernes, 13 de marzo de 2009

PRESENCIA

Descubre tu presencia,
y máteme tu vista y hermosura;
mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura.
San Juan de la Cruz "Cántico espiritual"

Hacía días que rondábanme estos versos por la cabeza, así como el deseo de ver los almedros floridos un año más por esos caminos de campo que me conducen día tras día. Llegaron, parece que se fue el frío y yo, no puedo más que rendirme ante esa combinación perfecta.

lunes, 2 de marzo de 2009

FLOTAR EN EL CIELO

Mientras paseábamos esta mañana hablábamos de las alturas, de la importancia de volar y también, aunque ninguno de los dos lo mencionáramos, de la caída libre. Por ciertas circunstancias, nuestros pasos nos condujeron hacia los poemas de Girondo, pero no conseguíamos recordar la película en la que los conocimos . A pesar de que no entrañaba demasiada dificultad, sólo logramos decir "corazón". Al llegar a casa, nada más introducir la llave en la cerradura y como siempre, apareció todo, como una luz. Estuve entonces releyendo algunos de esos poemas, estuve pensando en las casualidades al reencontrarme con los cuadros de Chagall -amar y volar- pensé, y lloré, quién sabe si por esa mezcla de la que se componen los cuerpos o aún más allá, los hechos.

Así que tenía pensada otra película para esta tarde rara, pero no tuve elección. Creo que la mañana y las horas se confabularon y yo... cierro los ojos, me meto en el cuadro, quiero ser la chica de azul, aquella que niega rotundamente con la mano tendida y el corazón que... el corazón tenga lados oscuros.


Marc Chagall "Sobrevolando la ciudad"

No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! y en esto soy irreductible no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. ¡Si no saben volar pierden el tiempo las que pretendan seducirme! Esta fue y no otra la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa. ¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado? ¡María Luisa era una verdadera pluma! Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres ¡Con que impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. "¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte. Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo. ¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes... la de pasarse las noches de un solo vuelo! Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo? Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.

Oliverio Girondo "Espantapájaros"